Existe un tipo particular de figura pública judía que se ha vuelto indispensable para el proyecto antisionista occidental. No es árabe. No es musulmán. No es un izquierdista occidental sin vínculo alguno con la región. Es judío, a menudo nacido en Israel, y ha construido una carrera, una plataforma y una identidad en torno a condenar a su propio pueblo para entretenimiento y validación de los demás. Se presenta como un hombre de conciencia, un valiente que dice verdades difíciles a costa personal. Su público lo encuentra irresistible. Y no tiene la menor idea de lo que es.

Ilan Pappé y Gideon Levy son los ejemplos más prominentes del tipo. Pappé es un historiador nacido en Israel que ha adoptado un marco ideológico totalizante en el cual el sionismo es el crimen original y toda acción israelí posterior se lee como su continuación. Ha comparado la conducta israelí con las prácticas nazis. Ha reconocido explícitamente, en una entrevista de 1999 con el diario francés Le Soir, que su trabajo está impulsado por la ideología más que por la evidencia: «La lucha es sobre ideología, no sobre hechos. ¿Quién sabe lo que son los hechos? Intentamos convencer a la mayor cantidad de personas posible de que nuestra interpretación de los hechos es la correcta, y lo hacemos por razones ideológicas, no porque seamos buscadores de la verdad.» Un historiador que ha declarado de antemano que no es un buscador de la verdad no es un historiador. Es un propagandista con notas al pie.

Levy es un columnista de larga trayectoria en Haaretz que ha construido una segunda carrera apareciendo en la televisión internacional y en paneles de YouTube, entregando con gran constancia y aparente angustia la interpretación más condenatoria posible de cada acción israelí. Se presenta como un hombre de conciencia, atormentado por lo que hace su país. El público occidental encuentra irresistible esa postura. Pero la constancia en la condena no es lo mismo que la honestidad. Un hombre que llega siempre a la misma conclusión sin importar los hechos no es un testigo. Es un abogado que ya escribió su alegato final.

Levy ha descrito su propio recorrido en una sola frase: «Al principio, vi una ocupación. Luego entendí que era apartheid. Hoy, lo que ocurre en Gaza es, sin duda, un genocidio.» Mientras tanto, la población de Gaza creció de 360.000 personas en 1967 a más de dos millones en 2023. Un pueblo sometido a un genocidio no sextuplica su población.

Lo que ambos comparten, y que sus audiencias casi nunca examinan, es la credencial. El argumento desplegado en su favor no trata realmente de su análisis. Trata de su origen. Miren, hasta los israelíes lo dicen. El disidente israelí se convierte en una cita humana, una manera de anticiparse al escrutinio antes de que comience. Y funciona, no porque el argumento sea sólido, sino porque la credencial parece una prueba.

No lo es. Es una actuación. Y vale la pena preguntarse: ¿para quién?

No para los palestinos. El público al que se dirigen Pappé y Levy no es una familia en Gaza. Es un profesor en Londres, un periodista en París, un activista en California que ha estado buscando una conclusión y necesita un mensajero convenientemente acreditado para entregarla. La actuación no es un acto de solidaridad con los oprimidos. Es un acto de posicionamiento social dentro de la cultura intelectual occidental, donde condenar a Israel es el precio de admisión a ciertos salones, y donde una voz judía o israelí que condena a Israel vale más que cualquier otra, porque viene envuelta en la apariencia del sacrificio personal.

Pappé y los de su tipo siguen corriendo detrás de los goyim, bailando como un perro que busca los pedacitos de carne que le tiran, mientras se ríen de él: «Mira cómo el judío gracioso hace sus torpes boludeces para entretenernos.»

Un día, matan al cachorro, lo cocinan, y de su piel hacen billeteras, de su grasa, jabón, y de su pelo, una almohadita. Y luego, después de usar esa billetera para hacer compras, llegan a casa, se lavan las manos con ese jabón, y al acostarse, ponen la cabeza sobre esa almohada.

Y al dormir quizás sueñan, y en su sueño, ese perrito gracioso sigue bailando para ellos, esforzándose por ganarse su amor y aceptación, cuando debería estar de vuelta con su verdadera familia, los otros perros como él, que lo aceptarán, lo amarán por quien es y lo cuidarán sin que tenga que humillarse.

No lo convertirán en objetos como jabón, una billetera o una almohada, porque ven su verdadero valor como un compañero judío, orgulloso de ser él mismo en este mundo.

Los judíos que entendieron esto construyeron algo que perdura. No lo construyeron actuando para extraños. Lo construyeron volviendo a casa.